lunes, 20 de junio de 2011

CONTIGO HASTA EL FINAL. Capítulo 1.


Era 14 de septiembre de 2007 cuando Marta bajaba sonriente las escaleras del dúplex donde vivía con sus padres. Se tomó su zumo y sus dos tostadas con aceite de oliva, se lavó los dientes, cogió la mochila y se fue con tiempo de sobra al instituto a pié, pues apenas se tarda 15 minutos en llegar. Además, casi ni fue sola ya que a medio camino había quedado con Carol, su mejor amiga. Marta era una diecisieteañera guapa, morena, alta, estudiosa, sociable y sobre todo una chica muy alegre. Precisamente ese día, era el primer día de clase. Empezaba un nuevo curso, 2º de bachillerato, por lo que estaba algo revolucionada al pensar que iba a ser un año duro. También tenía ganas de ver a sus amigas después de todo un verano sin verlas aunque con Carol ya había quedado algún que otro día para ir a las rebajas y para tomar algo. Quería contarles cómo le había ido con su familia en el crucero por el Mediterráneo, la visita a casa de sus abuelos y sobre todo una noticia de última hora que hasta Carol, a la que siempre que tenía un bombazo informativo la llamaba aunque estuviese en la otra punta del mundo, desconocía: había cortado con Eric. Él era el típico chico al que le gustaba tontear con las chicas y también que éstas anduviesen detrás suya a pesar de estar “ocupado” ya. Marta de celosa tenía lo justo y  lo necesario, pero alguna peleilla tuvieron durante su noviazgo.


Cinco minutos después de haber salido de casa, al fin Marta se encontró con Carol. Nada más verse las dos de lejos, echaron a correr la una hacia la otra hasta encontrarse y darse un abrazo tan fuerte que por poco se quedan sin respiración.

-          ¡Caroooool! ¡Qué alegría!
-          ¡Marta!
-          ¿Cómo estás?
-          Yo genial. Tengo que contarte muchísimas cosas. ¿Tú qué tal?
-          Yo bien, aunque alguna que otra novedad te tengo que contar.
-          ¿Ah, sí? ¿Sobre qué?
-          Mmm… a ver- dijo en voz muy bajita - prefiero contároslo a todas de golpe y así me ahorro contarlo  cincuenta veces que ya bastante me va a costar.

Carol se quedó alucinada y con cara extraña y levantando una ceja contestó con un simple “de acuerdo chica”. Siguieron caminado hasta llegar al instituto, mientras charlaban de cosas varias. Puesto que no vieron ni a Paula ni a Julia en la puerta, se dispusieron a entrar para ir mirando las listas dónde indicaban qué clase le habían asignado a cada una y de paso cotillear. No encontraban la dichosa lista que les correspondía. Hasta que poco antes de poder encontrarla, a Carol y a Marta les taparon los ojos dos manos a cada una. Cuando quienes les taparon los ojos formularon la típica frase “¿quién soy?”, Marta y Carol se dieron la vuelta y empezaron a chillar.

-          ¡Paula, Julia! – gritó Marta.
-          ¡Julia! ¡Qué guapa estás! ¡Me encanta lo que te has hecho en el pelo! – exclamó Carol.

Julia se había cortado como veinte centímetros de su largo y rubio cabello teñido. Ella reconocía que se lo teñía pero porque lo quería tener igual de rubio que cuando era pequeña. Y ahora lo tenía por los hombros, a capas y con las puntas hacia fuera como si tuviesen electricidad pero realmente estaba muy “cool” como suele decir Paula, y ahora se lo había teñido de color caoba, color que le quedaba fenomenal con las pequitas de sus mejillas y sus enormes ojos color verde agua.

-          Es mi nueva obra de arte – dijo airosamente Paula.
-          Es que me aburría de tenerlo siempre igual y como Paula hace cosas fascinantes con el pelo, me dejé en sus manos. No podéis imaginaros qué alivio sentí cuando vi que no me había hecho un estropicio- dijo entre burlas Julia.
-          ¡Oye! ¡Encima que te arreglo el pelo!- saltó Paula medio picada.
-          Que es broma, tonta…

Mientras tanto, Marta y Carol se reían de la conversación que estaban teniendo aquellas dos locas que tenían por amigas. Pocos minutos después de conversaciones disparatadas se pusieron en busca de la lista que le correspondía a cada una.

-          Chicas, he encontrado la mía. Estoy en 2º B – dijo Marta que siguió mirando su lista – también estáis tú y Julia – le dijo a Carol.
-          ¡Mierda! – exclamó Paula -  estoy en 2º C, totalmente apartada de vosotras.
-          Bueno Paula, es normal. Tú estás en Salud y nosotras en Sociales. Era muy poco probable que cayésemos en la clase híbrida. Conociéndonos los profesores a nosotras, es normal que no nos quieran juntas. No dejaríamos dar clase.
-          Ya, Julia. Pero no es justo – refunfuñó Paula mientras seguía observando su lista – encima el imbécil de José también ha caído en mi clase.

José era el ex de Paula. Le dejó porque según ella estaba a todas horas encima de ella y era demasiado “empalagoso”. Cortó con él el año anterior y para colmo, él que era de sociales se había pasado a salud ese nuevo curso. Paula ya lo sabía pero esperaba que cayera en la clase en la que estaban mezclados los de Salud y Sociales. Paula lo quiso mucho pero ella es muy independiente y necesita su espacio, las relaciones no le duraban mucho. Sus amigas piensan que se agobia con nada y eran de la opinión de que José seguía coladísimo por ella y alguna vez le habían dicho que le diese una oportunidad al chico pero Paula se negaba e intentaba cambiar rápidamente de tema. Aunque cuando no lo hacía solía enfadarse. Por eso las chicas esta vez prefirieron no decirle nada.

Pasadas las tres primeras horas de clases, las chicas se encontraron en el recreo. Exactamente en el mismo banco de siempre. Cada una empezó a contar su maravilloso verano, sus ligues, los amigos que habían hecho en cada sitio que habían estado. Mientras, todas escuchaban lo que cada una iba contando con atención pero Marta aún no había contado más que una breve anécdota que había vivido en el campo con su abuela Clara y sus manos empezaron a sudar nada más caer en la cuenta de que sus amigas no tardarían nada en preguntarle por Eric. Su corazón, sin saber por qué empezó a acelerarse hasta que sintió que su respiración se cortaba por unos instantes cuando escuchó a Carol decirle:

-          Bueno Marta, esta mañana me dijiste que tenías que contarnos a todas una novedad. ¿A qué estás esperando para contárnosla?
-          ¿Ah, sí? Venga Marta. Suelta por esa boquita.
Marta mientras, callada, intentaba recuperar la respiración.
-          Venga di, ¿sobre qué es? ¿O sobre quién? ¡Venga cuéntalo de una vez! – exclamó Paula intrigada.
-          A ver… Eric y yo lo hemos dejado. Bueno, mejor dicho yo a él.
-          ¿¡Cómo!? – se escuchó al unísono en el patio.
-          ¿Pero qué ha pasado? Muy gordo tiene que haber sido con lo bien que estabais.
-          Pues sí Carol, y tanto… Como que me puso los cuernos…
-          ¡Qué cabrón! – dijo Paula - ¿Sabes con quién? Qué asco de hombres… - Paula no  estaba pasando tampoco por una buena racha.
-          Pues con  Ángela. Su vecina de encima. Por lo visto salieron juntos con sus respectivos amigos una noche de fiesta al Eleven y… pues… eso. Pero encima no fue solo esa noche sino que siguieron viéndose a escondidas.
-          ¿Y tú cuándo y cómo te enteraste de todo eso?
-          Me enteré hace dos o tres semanas. ¿Te acuerdas de Luis, ese amigo de Eric con el que te intentamos liar? – le preguntó a Julia.
-          ¿Cómo olvidarlo? – soltó junto a una breve carcajada irónica.
-          Pues él lo sabía todo, incluso los vio y se sentía mal ocultándomelo, por muy amigo que fuese de Eric. Y bah… ya os podéis imaginar lo mal que ha acabado todo esto, ¿no?
-          Marta, ¿por qué no nos has dicho nada?
-          Porque… en realidad no sé el por qué exacto. No sé, lo pagué todo saliendo al parque a correr, nadando y, en definitiva, haciendo mucho deporte. No tenía ganas de hablar del tema.
-          Pero sabes que puedes contar con nosotras siempre – dijo Paula.
-          Ya pero… No sé chicas…

De pronto Marta rompió a llorar escondiendo su cabeza entre sus rodillas. Las demás, atónitas por la bomba informativa solo pudieron callar y abrazarla. Era la primera vez que veían a Marta tan destrozada. Ella lo amaba con locura y sin embargo, él la había engañado con una facilona. Pero a los pocos minutos Marta levantó la cabeza, miró a sus amigas y comprendió por qué consiguió sonreír esa misma mañana bajando las escaleras: por ellas, porque en el fondo sabía que ellas nunca le fallarían y entre el sonido de la campana que las obligaba a meterse de nuevo en clase, lágrimas y abrazos, se esbozó una leve sonrisa en la cara de Marta.






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